Tercer número de Lente Titiritero

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El monte, el lobo y un flash

Por Maité Hernández-Lorenzo

Imposible hablar de la historia de la Cruzada Teatral sin mencionar los ojos que han hecho posible esa imagen, una imagen multiplicada en el tiempo y en la infinita belleza de sus paisajes, de sus habitantes, de los espectáculos que han quedado en la pupila de varias generaciones en la ruta que va desde Manuel Tames, Yateras, San Antonio del Sur, Imías, Maisí y Baracoa.

Es cierto. Hoy podemos hacernos la idea de que también formamos parte de la historia detrás de la imagen, impresa o digital. Sin embargo, el dedo sobre el disparador no solo hace click, el dedo piensa, crea, imagina y hace posible a veces una imagen que no hemos visto del todo. De eso también la Cruzada puede hablarnos.

El títere y los espectadores han sido los más beneficiados en la Cruzada Teatral Guantánamo Baracoa desde que saliera por primera vez en 1991. El títere ha llevado ventaja y fue también, como corresponde a su naturaleza, un trashumante desde el inicio mismo de la Cruzada cuando un puñado de teatristas decidió escapar del tedio y la hostilidad de una ciudad a punto de estrellarse contra el periodo especial. No se ha dicho con total justeza. Pero ese grupo de artistas pudo haber escogido otro rumbo, quizá uno menos empedrado; pero tomaron el sendero de la aventura humana y artística, monte adentro, echándose el sol y el polvo encima. Y de esos primeros pasos se conoce gracias a escasas instantáneas que reflejan la precariedad de la carga donde el títere ocupaba un lugar delicado en la mochila.

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Sin haber sido de sus fundadores, Ury Rodríguez, hoy al frente del grupo Teatro La Barca, es un nombre imprescindible en la historia del singular evento como los son los de Gertrudis Campos (Tula), Maribel López, Rafael Rodríguez, Félix Salas, Lolita, y muchos más, todos titiriteros de extensa trayectoria. Ury, a la par de su desempeño en la animación de muñecos, ha desarrollado también una carrera en el campo de la narración oral y ha sido el responsable de los temas teóricos en la Cruzada.

El sembrador, uno de sus espectáculos más activos, combina ambas disciplinas. Inspirado en el texto El cangrejo Eusebio y los dos conejos, de Samuel Feijoó, el espectáculo condensa técnicas titiriteras de fácil animación en el ámbito improvisado de la Cruzada. De cómodo traslado y movilidad, El sembrador, es una pieza que aunque podría pulir ciertas zonas de su dramaturgia, queda en el reportorio de la Cruzada por la historia tan relacionada con el universo rural y por la sencillez de su ejecución.

Como ya he mencionado, a pesar de que la Cruzada siempre tuvo un visor que la siguió por los caminos desde sus inicios, no abunda el testimonio gráfico de esos primeros años, donde solo la huella de los actores hundía el sendero. Ahora bien, siempre ha despertado un gran interés, yo diría cada vez más creciente, para los fotógrafos. A la Cruzada le sobran atractivos en este sentido. A la peculiar forma de vida durante esos días se suman, primero, la posibilidad de dejar constancia de espectáculos diversos quizá difíciles de atrapar fuera de ese contexto, segundo, la excepcionalidad de esta experiencia, y tercero -no por ello menos importante- la posibilidad de capturar la extraordinaria belleza de esos paisajes y su gente.

De ahí que, en la medida que fue complejizando su quehacer, sumando gente de todos lados, nació la necesidad de incluir en ese grupo a la figura del “fotógrafo”. Fue así que comenzó a llegar, de manera más sistemática, gente apasionada, tan entregada como los propios teatristas. La italiana María Paola fue una de las primeras invitadas extranjeras que subió a la Cruzada como fotógrafa. María Paola, caída directamente desde Roma, se metió de lleno en la dura rutina, cocinó una pasta con una salsa hecha de algunas hierbas encontradas en el camino y que le dieron a la olla un sabor único y peculiar. Dejó negativos, anécdotas, y abrió el camino a los que la han seguido hasta hoy y que han llegado de diversos puntos de la Isla y del mundo.

Aunque llegó a la Cruzada cinco años después de su comienzo, ha sido y es un nombre imprescindible en su historia. Tres títeres de guante, Don Antonio, Don Carlos y el Policía, junto a un retablo de varillas y retazos de tela formaban el bultico de Maese Trotamundos. Una flautica de madera, ligerita como su melodía, completaba el conjunto. Es Chímpete Chámpata, de Javier Villafañe. Corría el año 1996 y también, como todos, nos refugiábamos en la primera sombra fresca que descubríamos. Puriales de Caujerí, en la frontera entre Yateras y San Antonio del Sur, fue el primer regazo para Armando Morales. Nunca más se ha despegado de esa ruta sinuosa. Este año cumplió el itinerario completo, hazaña que pocos, fuera del núcleo guantanamero, han hecho. A punto de cumplir sus 75 años, desde el 28 de enero hasta el 3 de marzo, fue el copiloto del chofer del camión. No hay álbum de fotografía que recoja ese momento justo en que Armando sube, baja, se revuelca en su asiento, mira por la ventanilla, exclama, sonríe, agarra su bultico, vuelve a bajarse del camión, va al encuentro de un público ávido, espectadores que comparten un terruño, diferentes en edades, en intereses y que en ese instante se juntan para disfrutar del teatro. Llegaron los títeres, grita la muchachera, y Armando se pone el sombrero, la capa, el retablo a la cintura y se convierte en un personaje. La fotografía le debe esa secuencia a la Cruzada, a Armando, a la historia del teatro cubano.

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Enrique Lanz es un titiritero español. Uno podría ser exacto con esa clasificación, pero en puridad no lo somos. Enrique Lanz es un extraordinario titiritero y director teatral español, al frente de la Compañía Etcétera. Ahora sí nos estamos acercando, pero algo falta. Enrique Lanz es un gran artista y un gran artista es un gran observador, un gran observador de las pequeñas cosas, de aquellas más hondas, las que solo un ojo alerta, sensible, imaginativo puede revelar. Y sí, ahora sí llegamos al punto en que “alcanza su definición mayor”. Por eso Lanz es un contador de historias que saltan del retablo, de la escena y se proyectan sobre la pantalla o en la estrecha ventana de un visor de cámara.

Como el títere, que ya es parte de su cuerpo, Lanz ha incorporado el andamiaje de cámaras, cables, dispositivos que garantizan una buena toma en cualquier momento y sitio. Compartiendo el equipaje de los hermosos trazos luminosos de Pedro y el Lobo y de la maravillosa música de Serguei Prokofiev, también está ese equipo que en un dos por tres se despliega y forma una fantástica maquinaria de crear imágenes, una mágica caja negra en la que lo oscuro toma luz. Solo así pudo presentarse en un ámbito rural y a veces inhóspito, el espectáculo de Etcétera, el primero de luz negra que sube las lomas de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa y se instala, con asombro de muchos y apatía de pocos, en la memoria de esos habitantes. Es por eso que Lanz y Yanisbel Martínez se sumaron por segunda ocasión al elenco de la Cruzada para completar también un documental que fue gestado en su primer viaje y que cambió completamente de rumbo al advertir que no se trataba únicamente de funciones teatrales en esos lomeríos, de la itinerancia y aventura del evento, o de los hermosos paisajes y estilo de vida que compartimos durante más de un mes. Se trata de algo más, sin duda, y ellos lo descubrieron de inmediato y así lo dejarán en ese caudal de horas y horas filmadas aún en proceso.

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Imposible hablar de la historia de la Cruzada Teatral sin mencionar los ojos que han hecho posible esa imagen, una imagen multiplicada en el tiempo y en la infinita belleza de sus paisajes, de sus habitantes, de los espectáculos que han quedado en la pupila de varias generaciones en la ruta que va desde Manuel Tames, Yateras, San Antonio del Sur, Imías, Maisí y Baracoa.

Hoy la democratización y optimización de los medios audiovisuales posibilitan que cualquiera pueda filmar, hacer click sobre la pantalla táctil del celular y congelar un selfie o un momento solo apresable gracias a ese obturador. Es cierto. Hoy podemos jugar con esos aparatos, hacernos la idea de que también formamos parte de la historia detrás de la imagen, impresa o digital. Sin embargo, el dedo sobre el disparador no solo hace click, el dedo piensa, crea, imagina y hace posible a veces una imagen que no hemos visto del todo. De eso también la Cruzada puede hablarnos.

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