Que levante la mano el que sea japonés

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Por María Laura Germán Aguiar
Fotos Sonia Teresa Almaguer

Bien se sabe que Cuba es un país entusiasta por excelencia, y que en cuestiones de binomios –siempre relacionados con el humanitarismo y la solidaridad- hemos sido segunda ala indistintamente para quien lo necesite. Lo curioso es que esta condición se transforma inmediata y directamente, y en algún instante indefinido pasa a ser de estrategia política a condición de vida de cada uno de los cubanos (lo más interesante es que se asume como una verdad tan absoluta que parece haber estado siempre allí).

Bien se sabe, también, que Japón es un imperio cultural que posee de las más altas tradiciones milenarias que aún se conservan (recuérdese la artesanía, la música y el teatro, por ejemplo). Más de una vez hemos tenido la oportunidad de disfrutar tal despliegue de habilidades en nuestro país.

Entonces, si se unen ambos factores: entusiasmo y tradición, en un binomio Cuba-Japón siglo XXI, es fácil descubrir el resultado: una eclosión de aplausos, silbidos e histeria ante la presentación de la compañía japonesa Kageboushi en la sala Covarrubias del Teatro Nacional.

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El término Kageboushi significa silueta, y con esto ya está dicho casi todo. El maestro Yasuaki Yamasaki escogió el teatro de sombras en 1978 para dialogar con el público. Fusionó esta técnica antigua de luz y sombras con proyecciones de imágenes sobre las que se animan las figuras, para contar historias de fácil comprensión que van desde fábulas tradicionales (La grulla agradecida), adaptaciones de cuentos (El árbol del Mochi), o representaciones sin texto alguno (¡Que levante la mano el que quiera divertirse!); casi siempre con una gran carga moralizante.

Si bien es cierto que las proyecciones o las apariciones frente a la pantalla, actualizan el teatro de sombras, también lo es que esta técnica es sugestiva por sí misma, y no necesita grandes despliegues de tecnología o aparataje para crear esa atmósfera mágica y encantadora que conduce al aplauso desaforado.

La confección de las siluetas era hermosa, sin más pretensiones que las de honrar el título artesanal japonés; la interpretación de los actores supongamos que está relacionada con la traslación de los textos al español y con una manera de hacer más fría que la caribeña, por supuesto; y la animación -por generalidad- limpia, y sin intención obvia de impresionar demasiado.

No puede decirse que no se disfrutara, menos aun cuando un teatro repleto aplaudiendo lo corrobora; y en realidad se aprecia el contacto cercano con tan maravillosa técnica de animación (gracias al Consejo Nacional de las Artes Escénicas y a la Embajada de Japón en La Habana). ¿Que el siglo XXI ha hecho otras cosas con el teatro de sombras?, es cierto. Y que por la misma actualización de medios que propone el grupo esperaba ver más y mejor, también lo es. Pero no puedo condicionar el visionaje de un espectáculo por un criterio individual; si al fin y al cabo, quienes mejor deben juzgarlo son los japoneses (puesto que se supone tienen el conocimiento directo de la manifestación) y en esta sala, señores: ¡que levante la mano el que sea japonés!

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