Abriendo obturador: Pareciera que el mundo puede abarcarse en una sinfonía de trinos…

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Por Yudd Favier

Fotos: Julio César García Martínez

En ésta Isla hubo un tiempo obscuro, medieval, en que diferentes voces se alzaron contra las historias de castillos, reyes y príncipes. Nos eran lejanas esas historias -chillaban los inquisidores.  Y sí, ahí permanece el imponente Atlántico separándonos de las  tierras pródigas en Perrault, Grimm o  Andersen, separándonos de las mismas tierras donde nacieron – ¡oh, gran ironía!- nuestros tatarabuelos. Las historias de príncipes, castillos y reyes, jamás nos han sido ajenas, ni siquiera por disposición.

En fecha tan temprana como 1889 José Martí ya les hablaba a los niños sobre desigualdad, ambición, ignorancia, pobreza, esclavitud, orfandad  y muerte. Y aunque prefirió los cuentos costumbristas, también lo hizo utilizando a camarones, hachas y picos encantados, emperadores, castillos, reyes y príncipes.  Y esas historias son parte de nuestras vidas. Muchos libreros infantiles cubanos cobijan entre sus estantes un ejemplar de La Edad de Oro;  sus múltiples ediciones, siempre vendidas en las ferias, así lo corroboran y  eso es un lujo.  Desde su profundo humanismo Martí nos conmueve, nos estremece  y constantemente regresa a nosotros. Hoy, lo hace a través de una elucubración.

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El teatro de  sombras, -también procedente de  tierras lejanas, igualmente parte de lo que hemos aprehendido y por tanto, heredado-  llega como imagen omnisciente: colorida, irreal, lúdica y contrastante, quizás  para insinuarnos que esta historia  es sólo un sueño, un romance cantado en nanas dónde el amor y el deseo de libertad, pudo más que las diferencias de clases y la intolerancia patriarcal. Ahí está la sombra, ofreciéndose toda como lenguaje ideal para el impresionismo de Martí, pródigo en  amaneceres y ocasos, para incrementar la ilusión de lo pasajero desde ese efecto transitorio que posee la luz.

Teatro de las Estaciones regresa a Martí, ¿y cómo no hacerlo?, la dramaturga lo absorbe y lo devuelve multiplicado a través del guiño perpetuo a todos los niños martianos, hay niños traviesos, y rizos rubios, y cantos de ruiseñor… Intuye que está frente a un público avezado.

Y si alguna vez, después de leer el poema que inspira esta historia, alguien  se preguntó de qué murieron los niños, podemos compartir nuestra versión: Los dos príncipes también murieron de amor.

Yudd Favier

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